Me desnudaba en la locura de sus ojos; esos que prometí no olvidar, ni su brillo de uvas maduras que extenuaban mis instintos. Su perfil moldeado cual pieza artesanal resguardaba cada suspiro de mi pecho, colmado en la fortuna de quererlo hasta quedarme vacía.
Ese hombre con labios de claves de sol me entregaba una sonata en cada beso, porque en su boca cada trago era una historia diferente del mismo delirio. Acariciaba sus pómulos ásperos con las yemas de mis dedos limpios de ausencias y manchados de sol, pintando con calor su palidez.
¡Y es que lo amo por dios!… desde el contorno de su sombra hasta el regalo de sus más sencillas cotidianidades que me doman la razón.
Este alucinado amor tatuado en mi piel me hizo conservarlo cerca de mí; porque sigo siendo la misma desquiciada que entre sus piernas se perdía, porque decía que no creía en las despedidas, porque todavía termino las veladas sollozando su nombre;
pero ahora por siempre, con su cabeza entre mis manos…
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